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II. "LA DESFIGURACIÓN. ARTAUD - BECKETT - MICHAUX", Évelyne Grossman, Shangrila, 2026
Introducción
DESHACER LAS FIGURAS
La desfiguración puede entenderse en muchos sentidos, pues es muy plástica y cambiante. En una palabra: desfigurable. Sería un error reducir su alcance, por algún tipo de crispación semántica, a la idea de un acto de violencia negativa y puramente destructiva como hacer irreconocible un rostro, borrar sus rasgos distintivos, sus marcas de reconocimiento, alterar un modelo. Por el contrario, lo que sugieren muchos escritos modernos es que la desfiguración es también una fuerza creativa que trastoca las formas estratificadas del sentido y las revitaliza.
La obra, escribe Blanchot, «da voz, en el hombre, a lo que no habla, a lo innombrable, a lo inhumano, a lo que carece de verdad, de justicia, de derecho, allí donde el hombre no se reconoce [...]». (1) La obra, en el sentido en que le confiere Blanchot, altera así las figuras reflejadas en el espejo; deshace el ilusorio reconocimiento narcisista de uno mismo por uno mismo, se abre a lo que la trasciende, lo que la deforma. Evidentemente, no se trata en estas páginas de retomar la vana disputa en la que se enfrentaron antaño los defensores de una supuesta muerte del hombre y los defensores de los valores llamados humanistas. Lo inhumano no es la barbarie, como dedujeron con cierta precipitación los exégetas simplistas. Quizás sea más bien lo que, como decía Pascal, «supera infinitamente al hombre», y que no se reduce necesariamente a lo religioso. Dar voz a lo innombrable, dar forma a lo infigurable implica deshacer las formas coaguladas, abrirlas, desplazarlas, lo que hacen incansablemente los tres escritores de los que trataremos aquí: Artaud, Beckett y Michaux. De modos evidentemente distintos, los tres exploran aquello que desfigura al ser humano en los confines de la animalidad, la mística y la locura. Michaux califica de «psicosis experimental» sus experiencias con la mescalina; Artaud, al iniciarse en la sierra Tarahumara en el rito alucinógeno del peyote, encuentra allí a su doble, el indio que se cree un dios; Beckett escribe para des-crearse.
1. Maurice Blanchot, L’Espace littéraire (1955), Folio-essais, p.309; la cursiva es mía. [Hay trad. esp.: El espacio literario, trad. de Isidro Herrera, Trotta, Madrid, 1992. Salvo que se indiquen las páginas de la edición correspondiente, las traducciones al español de las citas que aparecen a lo largo del libro son de la traductora (N. de la T.)].
Recientemente, Philippe Lacoue-Labarthe propunía denominar «des-figuración» a la quiebra, al colapso de la figura. Retomando los análisis de Benjamin y Heidegger sobre el poema, remite la figura (Gestalt) al mito. «La obsesión fascista es, de hecho», recalca, «una obsesión por la figuración, por la Gestaltung. Se trata a la vez de erigir una figura [...] y de producir, sobre ese modelo, no un tipo de hombre, sino el tipo de la humanidad, o una humanidad absolutamente típica». (2) Lacoue-Labarthe relaciona aquí juntos la figura, el mito y la lógica de la apropiación identitaria, su reificación idealizada en la imaginería fascista. Sin negar la legitimidad de este análisis, lo que me interesa aquí es un aspecto más cercano a nosotros, más familiar y también más insidioso, en la medida en que se beneficia del aparente consenso de nuestras sociedades democráticas. En lo que se refiere a la construcción de identidades y a la consolidación de la imagen de uno mismo, la figura es objeto de todo elogio: con el pretexto de reforzar un narcisismo individual considerado para la ocasión como «buen narcisismo», se supone que preserva la famosa autoestima (self esteem, como dicen los manuales de psicología social para uso empresarial), indispensable para quien quiera afrontar la dureza de la competencia en sociedades dedicadas al culto del rendimiento individual («¿Qué es una vida exitosa?», preguntaba recientemente un filósofo-ministro). Al participar en la construcción del vínculo social, de la convivencia (reconocerse en las mismas formas, los mismos signos de pertenencia), la imagen está destinada a ser gregaria. Privilegia los efectos de grupo, de semejanza (ser como el otro), de conformismo. En nuestros días, la figura de la pertenencia tiende fácilmente a la normopatía psíquica, social e intelectual.
2. Philippe Lacoue-Labarthe, Heidegger. La politique du poème, Galilée, 2002, pp.165-166. [Hay trad. esp.: Heidegger. La política del poema, trad. de J. L. Pardo, Trotta, Madrid, 2002].
En estas páginas voy a tratar de seguir, a través de la palabra desfiguración, el movimiento de desestabilización que afecta a la figura. Un movimiento que no es necesariamente violento: la delicadeza en el sentido que le confiere Barthes, entendida como salida del enfrentamiento categórico de las oposiciones, sin duda no es ajena a ello. Por mi parte, veo en todo ello dos rasgos fundamentales. En primer lugar, un cuestionamiento incansable de las formas de la verdad y del sentido. A continuación, y de manera conjunta, una pasión por la interpretación. La desfiguración que anima las formas es un movimiento erótico, amoroso: deshace sin cesar las figuras establecidas del otro y lo interroga, lo inventa de nuevo, lo reinventa de manera infinita. En este sentido, es una práctica del asombro. Contrariamente a las ideas preconcebidas que equiparan la educación con la identificación de formas, el aprendizaje de modelos y de roles, la adhesión a moldes y huellas, la desfiguración es a la vez una des-creación y una re-creación permanente («sempiterna», diría Artaud) de las formas provisionales y frágiles del yo y del otro. No se trata, pues, de conformarse, sino de desatar, desplazar, jugar, amar. Eso es lo que nos enseñan estas escrituras modernas consideradas difíciles: su lectura, en este sentido, es un aprendizaje de la desvinculación amorosa, de la deconstrucción del narcisismo. Entre la figuración y la desfiguración.
20.4.26
NOVEDAD: I. "LA DESFIGURACIÓN. ARTAUD - BECKETT - MICHAUX", Évelyne Grossman, Shangrila, 2026
Escribir para desfigurar, para dar voz a lo innombrable y lo inhumano, en el confín de la animalidad. Meterse briznas de hierba, cuerdas desafinadas, polvo de palabras en la boca.
Artaud le cuelga al Pesa-Nervios ramos arborescentes de ojos mentales. Lucha contra el catastro anatómico, ese desastre rígido. No hay materia sino estratificaciones provisorias de estados de vida, sujetos a un movimiento incesante de perforación. Si hay formas, que sean vibrátiles y erógenas, sin un sentido ni una semejanza.
En Beckett se deshacen el tiempo y el espacio, colapsa lo dispar, nada hace relato ni cuadro ni imagen. O lo hace mal. Calambures patéticos, calamitosos juegos de palabras, suplicio chino de la gota de agua, aprendizaje forzoso de una disciplina, a fuerza de látigo o silbato, o golpe repetido en la cabeza. El horror de lo descrito y la tranquilidad de su constatación impasible. Del hombre al homúnculo, rumbo a la afasia desde la logorrea, entre lo trivial y lo sublime, en una combinatoria de suma cero.
“Hay pensamiento antes de que yo lo piense”, dice Michaux e inventa su escritura pictográfica, su bestiario antropomórfico y barroco, sus híbridos en suspenso. Sus siluetas frágiles y filiformes, fieles al polimorfismo infantil de quien no ha elegido todavía.
Deshacerse y desasirse de todos los roles. Nombrar lo que nos sobrepasa y nos deforma, a ras del texto, a ras de la tierra. Más allá de la lógica de la apropiación identitaria, de su idealización en la imaginería fascista, del corsé narcisista y el culto al rendimiento individual. No ser nadie. Desfigurarse y transmigrar.
ÉVELYNE GROSSMAN
Especialista en teoría literaria, su trabajo conjuga la literatura, la filosofía y el psicoanálisis. Profesora de literatura en la Universidad París-Diderot, fue presidente del Colegio Internacional de Filosofía, con sede en París, y editora en Gallimard de las obras de Antonin Artaud. Entre sus obras se destacan Artaud/Joyce. Le corps et le texte (Nathan, 1996), L’Esthétique de Beckett (Sedes, 1998), L'Angoisse de penser (Minuit, 2008), Éloge de l'hypersensible (Minuit, 2017), La Créativité de la crise (Minuit, 2020) y L'Art du déséquilibre (Minuit, 2025).
En este volumen presentado en español por Shangrila, Grossman analiza la escritura de Artaud, Beckett y Michaux como ejemplos de desestabilización de nuestros sistemas hegemónicos de pensamiento y de resistencia frente a las formas heredadas, y petrificadas, de creación artística.
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13.4.26
II. "LA RESPUESTA ES: ¡NO! UNA FILOSOFÍA DEL NO", Cartas reunidas, presentadas y anotadas por Jean-Luc Outers, Shangrila, 2026
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NOVEDAD: I. "LA RESPUESTA ES: ¡NO!" UNA FILOSOFÍA DEL NO, Cartas reunidas, presentadas y anotadas por Jean-Luc Outers, Shangrila, 2026
Henri Michaux le dijo no al cuerpo calcificado del pensamiento. Al “saber pensar” del metafísico y al “infinito” del teólogo. Defendió la mirada del niño y el ignorante, el alienado y el enfermo. Su vocación fue la aprehensión del aleteo del pensamiento en perpetuo estado de gestación, antes de su caída y su solidificación en verbo. Escribir y dibujar, para Michaux, eran sinónimos. Presintió formas provisorias e inestables, híbridas. Inventó una lengua-insecto, arcaica y corpuscular, hecha del polvo de un pensar pre-identitario. Su lengua vibraba fuera del control de la razón. Fue la hormiga y el camino de la hormiga, fácticos e impalpables a la vez. Considerando todo aquello a lo que dijo no, no sorprende que Michaux se negara sistemáticamente a lo que un escritor suele decirle sí: el carnaval mediático de la institución literaria, ese decorado hecho de entrevistas, y premios, designaciones honoríficas y agasajos varios. Este libro es un catálogo inflexible de esas negativas a la “consagración” social, hecho de la materia desconcertante de la escritura de Michaux. Porque lo que sí sorprende es que, incluso al decir no, Michaux siguiera haciendo literatura. A veces, como en este caso, decir no es una forma radical de estar en este mundo y, al mismo tiempo, una proeza literaria.
“Busco una secretaria que sepa de cuarenta a cincuenta maneras de contestar NO, en mí lugar”, Henri Michaux.
HENRI MICHAUX
(Namur, 1899 - París, 1984). Poeta y pintor, ya en su adolescencia se interesó por la entomología y la escritura china. Abandonó sus estudios de medicina y se enroló como grumete en la marina mercante francesa. Hizo tantas expediciones geográficas como espirituales. Nunca fue turista sino viajero. Su diario de viaje “Un bárbaro en Asia” (1933) fue traducido al español por Jorge Luis Borges. Sus pinturas están pobladas de signos gráficos hipersensoriales. Experimentó, entre otras drogas, con la mescalina y el hachís. Al escribir, buscó el intersticio y la fuga. Se dedicó a desaprender. Rechazó el Grand Prix national des Lettres (1965). Entre sus libros se destacan La vida en los pliegues (1949), Frente a los cerrojos (1954) y Conocimiento por los abismos (1961).
7.4.26
HENRI MICHAUX: ¡NO!











